martes, 31 de mayo de 2011

Mi confrontación con la docencia


Reflexionar sobre nosotros mismos, significa volver a andar sobre nuestros propios pasos para reconocer el camino por el cual andamos nuestros pasos. Este es el sentido de esta reflexión, de este encuentro con la memoria, al que hemos sido convocados los participantes de la Especialidad.

Los primeros años como maestra…
Llegué a la docencia en el año de 1991, mi primera experiencia como maestra fue en una escuela secundaria en la que di clases a lo largo de trece años. Lo hice llena de convicciones, de ilusiones y de fuerza para servir en una comunidad del Estado de México que en ese entonces pertenecía al municipio de Ixtapaluca y luego se convirtió en parte del nuevo municipio de Valle de Chalco Solidaridad, bajo el auge del salinismo en el país.
Había realizado estudios en la Universidad Autónoma Metropolitana de Sociología, los cuales había dejado inconclusos para realizar trabajo comunitario en zonas marginadas de la Ciudad de México. Esta experiencia me había hecho conocer y vivir la exclusión, la pobreza y la lucha cotidiana de la gente que vive en los cinturones de miseria de la zona metropolitana. A partir de ello, había nacido en mí la convicción de que era necesario transformar las condiciones de vida en la sociedad a partir de la organización y concientización de quienes vivían en esas comunidades marginadas.
De esta forma fue como empecé a dar clases de Ciencias Sociales a alumnos de segundo y tercer grado de secundaria. Aunque no tenía formación docente, participaba en una experiencia de educación popular en la que se practicaba la reflexión y toma de decisiones colectiva, lo cual le daba claridad y orientación a nuestro quehacer como maestros.

Consolidando el quehacer docente…
Años después, tras haber vivido la reforma educativa que fragmentó las áreas en asignaturas, me encontré dando clases de Historia y de Educación Cívica, atendiendo más grupos, más alumnos he impartiendo muchísimos más contenidos. Empecé a darme cuenta de que vez caía más y más en una actividad rutinaria, con poco sentido, que me llevaba a la fragmentación y el desgaste.
Decidí entonces retomar mis estudios. Me inscribí en la Escuela Nacional de Antropología e Historia para estudiar Etnohistoria, pero al año tuve que abandonar los estudios para hacerme cargo de mi segundo hijo que acababa de nacer. Me daba cuenta de que no podría seguir estudiando bajo el esquema escolarizado, así es que ingresé a la Universidad Pedagógica Nacional a estudiar la Licenciatura en Educación Plan 94, cursando los primeros semestres en la sede de Ecatepec y los restantes en la Unidad de Ajusco.
Esta experiencia transformó radicalmente mi vida, ya que me permitió darle sentido a mi quehacer docente. Cada sábado que asistía a clases a encontrarme con otros maestros, tenía la oportunidad de llenarme de experiencias y reflexiones que se compartían en los salones de clases, ya que la modalidad en la que estudiaba era semiescolarizada y para maestros en servicio. Aunado a ello encontré en mis maestros de la UPN un gran compromiso con la tarea educativa, lo que me ayudo a recuperar la confianza y la convicción de que la educación era un instrumento valioso para generar justicia e igualdad social.
Fueron cuatro años de mi vida que me llenaron de conocimientos, que me permitieron confrontar cotidianamente mi quehacer docente y darle una nueva proyección a mi trabajo en el aula.
Llegaba entonces a una nueva convicción: la escuela en la que laboraba había perdido su sentido como proyecto pedagógico. Aunque se decía ser una escuela popular, había caído en el burocratismo y la inercia. Decidí recorrer nuevos caminos. Así fue como me fui a cursar la maestría en Ciencias de la Educación. Conseguí entonces una beca para dedicarme durante dos años a confrontar nuevamente la docencia y el quehacer escolar desde nuevos referentes teóricos.
Veía ahora a la escuela desde una nueva perspectiva, ya que ahora podía reconocer en ella la complejidad y profundidad de los procesos que se juegan al interior de las aulas, de las instituciones educativas y de la educación. Aprendí lo importante que es investigar y confrontar de manera permanente nuestra intervención educativa, dando todo ello un nuevo sentido a mi práctica como maestra.
Me incorporé entonces a dar clases en bachillerato, ahora en una escuela que había surgido también como escuela popular, en la que la mayoría de sus maestros estaba participando en diversos procesos de formación pedagógica y en la que se mantenía la inquietud por consolidar una propuesta pedagógica alternativa.
Así fue como llegué a dar clases en diferentes áreas. Algunas asignaturas de Ciencias Sociales y Humanidades, otras de Comunicación y Lenguaje y otra de un área que se llama Componentes Cognitivos.
Recientemente cumplí tres años dando clases en educación media superior y diecinueve trabajando en el magisterio. Más allá de haber sido hasta ahora la actividad profesional que me permite tener una vida con un mínimo bienestar, ha sido sobre todo el magisterio, el lugar desde el cual he intentado participar en la transformación de la realidad en la que hayo inmersa.

El magisterio: una convicción…
Muchos han sido las experiencias gratificantes a lo largo de estos años y muchas las historias de vida que me ha tocado compartir con alumnos y padres de familia, así como con compañeros de trabajo. La posibilidad de compartir un texto como La Apología de Sócrates con chicos que además de estudiar trabajan en el tianguis, salen a grafitear en las noches ó acostumbran irse los fines de semana a los bailes, me ha llenado de emoción y satisfacción. Asimismo, escuchar las reflexiones de los alumnos, que van surgiendo de las interrogantes que se les lanzan, hace que la labor cotidiana se llene de sentido al servir para que los alumnos aprendan a reflexionar sobre sí mismos y sobre el mundo.
También he tenido que aprender a reconocer y aceptar los límites de nuestro quehacer como docentes, teniendo que aceptar que hay ocasiones y circunstancias ante las cuales no podemos intervenir. Muchos son los nombres que recuerdo de chicos y chicas a los cuales vi perderse en el laberinto de las adicciones, de la prostitución, del desencanto ante la vida, sumergidos en ocasiones en la pobreza y la violencia.
Asimismo, he dudado del sentido de mi tarea como maestra ante mis errores y fracasos en la docencia, cuando me he dado cuenta que en lugar de llevar a buen puerto las metas propuestas en algún curso, he sido responsable del naufragio académico de mis alumnos. Sin embargo, éstas desilusiones me han permitido aprender a partir de reconocer qué es aquello que ha hecho falta para evitar el error, y es entonces, cuando vuelvo a darme a la tarea de detenerme para recobrar las fuerzas  y retomar el camino a partir de trazar una nueva estrategia.
He podido reconocer en la experiencia de otros maestros, mis propias dificultades, al tiempo que también su experiencia me va permitiendo explorar nuevos caminos para mejorar mi quehacer docente. Saber que a pesar de las limitaciones económicas y materiales, la profesión docente sigue siendo una tarea que se ejerce por convicción, que se asume como un compromiso y una tarea de servicio a la sociedad, que en muchas aulas de nuestro país hay maestros que están dispuestos a dar tiempo para seguirse formando, para tener cosas nuevas que compartir con sus alumnos. Todo ello hace que refrende mi convicción por el quehacer docente.
Sé que no hay recetas que nos resuelvan nuestros problemas como maestros, porque en cada alumno, cada grupo y cada curso, nos encontramos siempre ante una experiencia diferente a las demás, en la que ninguna se repite, que siempre será distinta, teniendo que confrontarnos permanentemente para no caer en el hastío y la indiferencia.
Como dice Esteve, cada quien tiene que ganarse la libertad de ser maestro, construyendo su identidad como tal, asumiendo la tarea de la enseñanza como un reto, como una aventura, en la que día con día se tiene que preguntar el maestro cuál es el sentido que tiene para el alumno lo que se le enseña.
Enseñar a pensar el mundo, a pensarse, a sentirse y reconocerse en el mundo, en un mundo en el que no queda tiempo para pensarse, y a veces, ni siquiera para mirarse y reconocerse.
Por eso no podemos pensar la docencia como una tarea limitada a revisar temas y cumplir las fechas del calendario, sino como un quehacer destinado a hacer pensar a los alumnos, para que se pregunten acerca del mundo, para que surja en ellos la sed por saber y por buscar, para que puedan entonces disfrutar la dicha que da encontrar eso que no se tenía, que no se conocía.
Es necesario, como dice Esteve, recuperar el camino de la sabiduría en la tarea escolar. No para formar eruditos que solamente puedan repetir lo que está escrito en los libros, sino para formar hombres y mujeres que puedan leer en el mundo lo que éste dice, que sean capaces de pensarse en un tiempo histórico, que sean capaces de reflexionar hacia su interior, de mirarse y mirar a los otros, reconociendo y valorando la herencia cultural que la humanidad ha forjado, la cual ha de permitirles a las nuevas generaciones, guiar sus pasos hacia la conquista de una sociedad más humana y solidaria.
Para ello el propio maestro ha de tener la capacidad para preguntarse acerca de lo que hace, del sentido con el que lo hace, de lo adecuado que es hacerlo como lo hace. Es decir que necesita pensar y sentir su propia práctica como maestro, de manera que tenga la posibilidad de volver sobre sus pasos para descubrir sus aciertos y sus errores.
Es por ello que cada actividad realizada en la Especialidad está llena de contenido, de experiencias compartidas con los alumnos, al tiempo que cada una de éstas nos lleva a vivir nuestra tarea desde una nueva perspectiva, más profunda y más enriquecedora. Ahora más que escuchar respuestas a las preguntas, pienso: ¿y porqué no mejor ayudar a que sean ellos quienes las formulen? ¿porqué no ceder una parte del tiempo de clase a escucharnos y reconocernos como semejantes para aprender a vivir juntos?
Estoy convencida y comparto la idea de Savater de que la enseñanza es un quehacer esencialmente ético, desde la cual, ante todo, es posible formar a los ciudadanos para que aprendan a vivir con los demás. Y es éste el sentido que tiene para mi la labor que realizo cotidianamente como maestra: enseñar y enseñarme que es posible estar de una manera diferente en este mundo, ayudando de esta manera a abrir paso a una sociedad solidaria, en la que dejen de existir la exclusión, la pobreza y la desigualdad.

Los saberes de mis estudiantes


Características del grupo escolar y de los alumnos
La población que atiende la Escuela Preparatoria Oficial No. 96 asciende a  1,064 alumnos, distribuidos en dos turnos. La escuela se caracteriza por ser una institución que ofrece oportunidad a alumnos que no alcanzaron lugar, no aprobaron el examen de COMIPEMS ó bien tienen que cambiar de escuela debido a que la escuela que les asignaron les queda muy retirada, situación que da lugar a mucha inestabilidad en el plano académico, debido a las dificultades y rezagos que enfrentan los alumnos. Esto se traduce en una deserción anual que oscila entre el 20 y el 25%.
La población estudiantil está conformada básicamente por alumnos que viven en el mismo municipio, aunque también lo hacen de municipios circunvecinos como Ixtapaluca, Los Reyes la Paz, Chimalhuacan, Chicoloapan, Cocotitlán e incluso de diferentes puntos del Distrito federal: Milpa Alta, Tláhuac e Iztapalapa.
Comparten y expresan una diversidad de expresiones y estilos juveniles: skatos, reguetoneros, emos, punks, skate boarders, entre otros. Un gran número de ellos usa teléfono celular e internet para comunicarse, leen poco, escuchan música, y no tienen un amplio acervo cultural, ya que en su mayoría no asisten a bibliotecas, museos, ni actividades culturales, dada la falta de recursos económicos.
Se expresan a través de grafitis, raps, dibujos, mantienen una intensa comunicación y gustan de andar en pequeños grupos. Sus edades oscilan entre los 15 y los 20 años de edad, situación que los hace particularmente vulnerables a la participar en situaciones de riesgo al establecer relaciones amorosas, así como de confrontar en muchas ocasiones con su familia, con la cual no comparten intereses, gustos, ni dinámicas de comunicación e interacción.
En lo que se refiere a las características académicas y socio afectivas de los alumnos se han identificado mediante diversas pruebas diagnósticas en las que se advierten considerables deficiencias en los conocimientos previos en las diversas áreas de conocimiento, particularmente en lo que se refiere a la lectura, la redacción, el procesamiento de información, al razonamiento matemático, entre otros.
Aunado a ello se han identificado diversas problemáticas como baja autoestima, inseguridad, problemas de interacción y comunicación que dan lugar a situaciones de agresividad, aislamiento, todo lo cual repercute en el aprovechamiento académico de los alumnos. Dichos problemas derivan en muchas de las ocasiones de la desintegración familiar en la que viven, así como de los problemas que se derivan de las limitaciones económicas en las que se desenvuelve su vida familiar y comunitaria.

lunes, 30 de mayo de 2011